En estos días, nos topamos con muchos “imperios” trampa, entre falsedades del mundo que nos vive y vivimos… Son muchas las incertidumbres de tejemanejes de  “entes” que acomodan y manejan para sí el monopolio del orbe, diseñando nuestras vidas, con sus psicologías y poses compensatorias de engañosa solidaridad…

Sintiéndonos, con frecuencia, irritados, acobardados y un tanto desfallecidos, aquella “voz” de cuando muchacho, nos sorprende y “arrastra”… Cómo les cuesta a los cerebros reflexivos, no “manejados”, conservar y ordenar  aquellos universos, de  los que los críos no sabíamos hablar… ¡Ay aquellos días…! Cuando por los senderos de carrizales y montizales del valle, calculábamos el precio de la Luna, de Dios… Y hasta alguien creía que nos hablaban las rutilantes estrellas… Muchos domingos, en julio y agosto, cuando en ciertos hogares de la ribera el dolor aullaba, los chavales, con rostros terrosos, los cuerpos entecos del hambre y alguno con el mohín de asustado, esperábamos y acechábamos en “el Puente del Caño” a los tractores con sus correspondientes remolques atestados de gente, corriendo tras ellos largos trechos, con voces pedigüeñas, (a rachas destacaba la voz de la campana de la iglesia, llamando a misa) para que nos echaran caramelos o alguna moneda, de “perra gorda o perrilla”…

Aquellos veraneantes venían a pasar el día y bañarse en la laguna “Santos Morcillo”, instalándose en el paraje “El Pinar”, donde un vecino de Ossa de Montiel, Federico Trillo, hombre culto y esmerado, instaló un kiosco que era el no va más en la ribera, por ser el único “edículo” hostelero enladrillado…

En  aquella época, un bilbaíno llamado Paco Barragán, establecido en la capital de España, propietario de un taller-concesionario de motos vespa, aficionado, hasta la obsesión, a la pesca del lucio con caña, buscando en mapas zonas fluviales del interior de la Península, localizó el Alto Guadiana. Un fin de semana cargó sus bártulos en una moto con sidecar y recaló en la aldea de Ruidera.

A los pies de la Colgada

Contaban que venía bien pertrechado de hato, para varios días…; merienda que compartió con los únicos tres turistas con los que se encontró en la ribera y no hallaban local para el yantar…

De vuelta a Madrid, le participó a su tío Alejandro, que le daba amparo económico y afectivo, la idea de construir una hospedería en el paraje del Alto Guadiana, y entre tío y sobrino proyectaron construir “El Hogar del Pescador”, en una rinconada de huerta, con árboles frutales, al saliente de la laguna “La Colgada».

Pero aquel terreno era propiedad de una mujer vecina de Ossa de Montiel, renombrada y anciana: “La Hermana María Vicenta”. Cuando la longeva recolectaba frutas y hortalizas, ayudada por su hijo Marcelino Uceda, bajaban a Ruidera a vender los productos, con una burra, de rutinaria docilidad, aparejada con grandes aguarones, repletos de frutas y legumbres, por las sendas tantas veces transitadas, a ratos con trotecillos desgonzados…

De paso agenciaban calzado desgastado y Marcelino lo reparaba  en una pequeña “caseja” que tenían en la huerta… Marcelino, de aspecto bonachón, no era ningún jayán, ya que sufría malformaciones en una pierna y cadera, por lo que llevaba un “alza” muy llamativa en una de las “zapatas”, caminando con bastante dificultad… Ceñidos, no obstante, a la objetiva información aportada por don Rafael Mora Alcázar, juez de Ossa de Montiel y amigo desprendido, entonces se chachareaba por estos lares que, aquella “baldaura” era consecuencia de una vacuna “echada a perder, en mal estado o inapropiada”, inoculada en su niñez…

Don José Tello, enfermero de los Centros de Salud Ossa de Montiel y Ruidera; profesional extraordinario, con gran experiencia, afable, con una buena formación, y muy eficiente, nos apuntaba que, aquella malformación podría deberse a patologías o procesos degenerativos, ocasionados por una cifosis osteoporótica…

Al poco tiempo, Paco barragán apareció de nuevo por la ribera, adquiriendo una pequeña casa en Ruidera, en lo que hoy es la Plaza de Cervantes, por once mil pesetas, (año 1953 +-) y tanto le insistió a “La hermana María Vicenta”, ya muy anciana, con muchos pliegues circundando sus ojos y en la resignada espera del acabamiento…, que ya le costaba cuidar el huerto, sin poder con tanta faena, por más que se afanaba, que le vendió  las parcelas, por el desorbitado, precio (exagerado entonces) de unas noventa mil pesetas…

Paco le comunicó a su tío que:  “un rincón penumbroso y umbroso, pegado a un  “Lago Solitario”, lo convertirían en un brioso pregón de alegría…”.

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Primera parte del estudio histórico titulado «Recordando aquel Hogar del Pescador, primer hotel del Alto Guadiana y vivencias de la infancia».