El yeso, sulfato de calcio hidratado, en la cuenca del Alto Guadiana suele aparecer estratificado en grandes bancos o masas de una gran potencia estratigráfica, fáciles de detectar y visualizar en las laderas de los cerros de ambas márgenes fluviales y en valles adyacentes…

El yeso negro y colorao del Alto Guadiana

Si bien es comúnmente blanco y blando, rayándose fácilmente hasta con las uñas de nuestras manos, el yeso suele presentar diversas tonalidades, dadas las impurezas que contiene, de otros sedimentos terrosos… Sometido al fuego como la caliza-cal, molido y amasado con agua, se endurece o “tira” en pocos minutos; empleándose, antes del proceso de fraguado, en la construcción, para el enlucido de tabiques y techos, esculturas (el blanco), etc.

El “negro” y “colorao” resultan más ásperos y granulados y menos vistosos… Esta variedad era la más abundante en la ribera del Alto Guadiana; utilizándose en la zona desde tiempos antiguos; con la cual se guarnecían y bruñían muros de adobes, falsos techos o “cielorrasos” de zarzos de carrizo y también se pavimentaban suelos de modestos habitáculos, en los vecindarios comarcanos.

Aquellos carrucos que acarreaban yeso

Con los sueños errantes y avidez de la niñez, por conocer el universo que nos rodea, yo, con el embobamiento de un niño, escuchaba y observaba a mi padre cuando enganchaba los animales al carro, y con algún inapreciable ademán o insinuación que me hiciera para acompañarlo, y con poco que me aupara, me encaramaba al carruaje, bien por la zaga o por los varales…

Y tan campante, escrutaba muchos horizontes, caminos, senderos, río y cerros; los que a veces creía los habían ajustado, como estaban, grandes dioses. Desde aquel entonces no le han faltado “torturas” a mi cuerpo y a mi mente, recorriendo el paraje, en el que pensaba que las gentes que un día moraron y laboraron en el lugar, asomaron y traspusieron por los lomazos de los montes y recodos de senderos, se transfundieron para siempre en el medio, oyéndose siempre somnolientos…

Entre el trasiego de animales y carros, con sus ruidos traslúcidos y secos, recuerdo especialmente los carromatos que iban y venían caminos de la yesera de “Los Alanos”, próxima a la del “Pinche”, a poco más de un kilómetro de la cota máxima del pantano de Peñarroya, bien colmatados de gavillas de romero o chasca de encina, coscoja o aulagas…

Los carrucos que acarreaban yeso para las poblaciones, la aldea de Ruidera entre ellas, casi siempre iban dejando algún rastro en el camino, con la pérdida de chorrillos de yeso, de “las bolsas”, por el gran traqueteo y que a trechos se hacía grande, cuando sonaba el trallazo del látigo de los carreros…

Me arrebataba aquel afanarse de los yeseros, al pie y remontados en aquellos paneles pétreos, con marcas de asuntos de mucho esfuerzo, para extraer bloques de buen yeso; con su rostro patinado de greda y aquella brega, casi siempre desarrollada con primitiva placidez…

Visito ruinas de aquellas yeseras y me estremezco…

Como en una niebla evocó aquellos días de la antigua producción de yeso en la cuenca del Alto Guadiana y el transporte con carros y animales de carga, por intrincados caminos con aroma de boñigas, de prados y vegas, ruidos de traqueteo, ¡Arres! Y campanillas…

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Primera parte del estudio histórico titulado «Cavilaciones en Ruidera: yeseras y yeseros del Alto Guadiana y recuerdos de la niñez».


Imagen de portada. JIMÉNEZ, S. Hornos de la yesera de “El Pinche”.