En el Fuero Juzgo; en el Fuero Viejo y en el Fuero Real de Castilla, ya aparecían preceptos o mandatos y dispensas relativos a los montes, varios de ellos de tipo protector…En el “Libro de la Cetrería” del duque de Almazán aparece el testimonio, creemos que un tanto subjetivo: “en tiempos de Juan II, una ardilla podía atravesar de extremo a extremo la Península, sin descender de las copas de los árboles…”. Y el periodista y literato madrileño Tomás Borrás, en “España sin Bosques”, mienta a un embajador extranjero que, al cruzar la Península para presentar sus credenciales a los Reyes Católicos, que se encontraban en Granada, comentaría después: “de Irún a Santa Fe no he dejado de pasar por un interminable boscaje…”

En 1582, el Rey Felipe II, dijo: “Una cosa deseo ver acabada de tratar, y es lo que toca a la conservación de los montes y aumento de ellos… temo que los que vinieren después de nosotros han de tener mucha queja de que los dejamos consumidos y plega a Dios que no lo veamos en nuestros días”. Pero, chocante paradoja, en plena Edad Media, la privilegiada Asociación de Ganaderos, conocida como La Mesta que, con su pujanza anulaba pragmáticas y Ordenanzas, cometía grandes tropelías contra matorrales y masas selváticas, (principalmente en otoño) con la finalidad de conseguir pastos en primavera; arrasando, indiscriminadamente, con los ganados los brotes y redrojos de los ecosistemas boscosos, impidiendo su desarrollo… En tiempos de Carlos III, el escritor y arqueólogo castellonense Antonio Ponz, en su “Viaje de España”, describió, entre otras cosas dignas de saberse, territorios desertificados por la mano humana, coincidentes con los de un pasado no tan lejano… Del inglés Gerald Brenan; en sus recorridos por el centro y sur de España, aprendimos las palabras “dendrófobo”y “dendrófilo”.

En la Edad Media, ni que decir tiene, los montes eran propiedad del Rey y por ende de “sus Concejos”, siendo una de sus principales riquezas… Por razones obvias, no podemos abundar en Decretos Reales, Ordenanzas, etcétera.; ni tampoco en el proceso de Desamortización, con el que inmensas propiedades, (con sorprendentes ecosistemas de vegetación forestal) en poder de las denominadas “manos muertas”, se vendieron, aunque no debidamente, a particulares influyentes y acaudalados; donde levantaban quintas palacionas, puntos de cabildeos y conchabanzas entre convidados y pariguales; (suma y sigue) permaneciendo el latifundismo improductivo, quedando multitud de poblados constreñidos y acoquinados sus pobladores, convertidos en siervos y mandaderos del “Señor”… Los recursos más importantes de los feudos, eran la caza de holganza, el esparto, la agricultora de “yunta”, en “tierras de pan llevar” y la leña, utilizada como combustible una vez talada, troceada y engavillada o transformada en carbón y picón. Dichos bienes, los comerciaba el latifundista, (morador de ordinario y extraordinario en la capital de la nación) bien en régimen de “arrendamiento servil” o despachándolos en sistema de contrata, a “asentadores”, leñadores, carboneros y piconeros.

El carbón en el Alto Guadiana

El carbón era un elemento vital, utilizado como fuente de calor, combustible etcétera. El carbón mineral o “carbón de piedra” (hulla, antracita…), su coste y distribución no estaba al alcance de todas las economías; principalmente en las ruralías. En extensas comarcas del centro y sur peninsulares, donde la masa boscosa había sido rozada, para convertir los suelos fértiles en “paneras”, el carbón de encina, junto con la leña troceada, caldeaba los hogares con estufas, braseros instalados en mesas con “faldones” y en ennegrecidos fogones, donde también se cocinaba… La Cuenca de Alto Guadiana, poblada su gibosa orografía, (de cerros que, silentemente se proclaman inmortales) de diferentes variedades de encinas, muy bien adaptadas a los “pobres” y pedregosos suelos, desde muy antiguo abasteció de carbón a las más dispares poblaciones de la Península, obtenido de las encinas Quercus rotundifolia, de bellota dulce y de Quercus ilex, de fruto amargo. Consta en documentos fechados en 1671, que, Regidores, Capitulares, el Alcalde de la Santa Hermandad y diez y nueve vecinos de la población de Alhambra, se reunieron a toque de campana, con el fin de otorgar poderes al Licenciado José Escudero y a otros…, para que compareciesen ante el Rey los Señores del Consejo Real de la Cámara y así obtener la facultad, de poder vender un terreno de monte de encinar, situado en el camino de Ruidera a Ossa de Montiel, para elaborar carbón y de ese modo poder satisfacer ciertas deudas que el Concejo de Alhambra tenía contraídas con la Casa Real y con notables personajes del Reino …

Montaje de una carbonera

Montaje de una carbonera (1)

En el poder otorgado por el Rey, se concedió licencia al Concejo de la población de Alhambra (cuyo extenso término se expande por esta cuenca) para talar encinar y producir cuatrocientas mil arrobas de carbón que, en aquellos tiempos, se vendía a siete maravedíes la arroba. Aunque la devastación de la flora, por la mano del humano, se tenía por una acción lógica en el medio natural, en el siglo XVIII, ya existía la figura de “Fusilero Guardabosques”. Y en 1855, aparece la Junta Facultativa de Montes, que, con meticulosos informes, informaban a los monarcas, sobre los montes que debían considerarse Patrimonio Forestal, exceptuándolos de la Desamortización, por razones de Utilidad Pública. En el reinado de Alfonso XII, se creó un cuerpo de “Capataces de Cultivos”, con atribuciones para denunciar los daños causados a los bosques, pero aquellos solían “hacer la vista gorda”, cuando los estropicios eran ocasionados por terratenientes… Creándose, en 1907, el Cuerpo de guardería del Estado. Entre finales del siglo XIX, y los años previos a la guerra civil española, la elaboración de carbón vegetal y la tala de los encinares fueron de unas proporciones arrasadoras… Hasta los años de la sanguinaria contienda, poco sabemos acerca de la identidad de los deslomados carboneros que, en la Cuenca de Alto Guadiana, faenaban en condiciones misérrimas… Sí tenemos conocimiento, de cómo eran considerados en otras comarcas, por el escritor, filósofo y eclesiástico inglés Jorge Borrow, en sus viajes por España vendiendo “librería evangélica”… En su libro “La Biblia en España”, acompañado del apegado y servicial “Antonio”, narró sobre los carboneros: “A veces percibíamos a cierta distancia, entre los árboles, unas llamaradas como de inmensas hogueras -son los carboneros mon maître- dijo Antonio. No debemos acercarnos porque son gente bárbara, medio bandidos. Han matado y robado a muchos viajeros en estas horribles soledades”.

En aquellos tiempos, en los que se escuchaban en la aldea de Ruidera los ecos retumbadores, de un avetoro de mítica belleza, que anidaba en la vega de la laguna “Cueva Morenilla”, el escritor español Eugenio “Noel” (Eugenio Muñoz Díaz, “Noel” fue tomado del apellido de una cupletista por la que se entontinó), acuciado, tal vez, por extrañas pulsiones para sumergirse en universos de sobrehumana imaginación, para “vivir de casualidades” (solía decir), apareció oteando el paisaje de la Cuenca del Alto Guadiana, en busca de carboneros; hace ahora un siglo; con los que conviviría durante varias jornadas de carboneo… Junto a ellos, comiendo de su puchero y bebiendo de su “Zurra”; un ponche con azúcar y vino de Tomelloso, ¿In vino veritas? que era el “chute” de la época, de los braceros, y también el “gasógeno” de los carboneros, describió, con hondo y verdadero sentimiento, (como “Noel” era), la necesaria y absorbente faena de talar y carbonear el encinar; tomado por aquellas gentes como algo permanente y eterno…, y así escribió Eugenio: “Como en los montes bajos de Sierra Morena, hay en estos de Montiel, Osa, Ruidera, la Cuenca del Alto Guadiana, un paisaje castellano imposible… Un viejo espartero de Ruidera, cuyo único odio es la electricidad, y por tanto la fábrica que le han “zampao” en su pueblo, y que hoy hace a su vejez carbón como en su juventud recogió esparto…, me señala desde los Dientes de la Vieja (en la foto el paraje, al norte de Ruidera) casi toda La Mancha. (…) ¿No me han hablado nunca en La Mancha de la cueva Marica Garría?… -Eugenio escuchaba al carbonero- Es una sima pavorosa, con galerías que bajan hasta el otro lado de la tierra. En un tiempo, los ruidereños recogían en ella el estiércol morceguil, pero una vez entraron y hallaron un saco de cadáveres hechos trozos;… (…). Más de tres carros de leña habían ardido en la explanada formando enorme montón de brasas. (…). El hacha resonaba todavía en los matorrales. ¡Pobres árboles! Hubo un tiempo en el que toda Castilla estuvo llena de ellos… Al mismo tiempo me aconsejan no me amargue la zurra pensando en los árboles derribados. Ellos no odian el árbol, pero necesitan vivir. (…) En  el centro de la explanada, tres corpulentas encinas frondosas me recordaban las tres viejas carrascas de Chocano (se equivocó, eran las Carrascas del Miliciano), que había admirado entre Miravetes y Ruidera. (…) Son éstos carboneros y pastores honrada gente manchega, en su mayoría de los alrededores de las Cañadas de la Retamosa de las Hazadillas y Manga (Cañada de la Manga), del Molino Nuevo -está bueno ese molino nuevo cubil de sierpes- y de Ruipérez. Del Vallejo del Toril y Batán de la Berrucosa…, mohedinos que bebían un día agua de la fuente del Borbotón, de la fuente la Cornicabra otro día.

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Primera parte del estudio histórico titulado «Antiguos carboneros en los encinares de la cuenca del Alto Guadiana».


(1) JIMÉNEZ, S. Real Sitio de Ruidera, 2000.