Chozos de carboneros

Junto a las chozas, a veces, se forjaban “gorrineras” con ramajes, donde se “engordan” cerdos, para sacrificarlos llegada la época de matanza… En los chozos podían albergarse hasta cuatro personas; aunque lo normal era “enramar” o “encarrizar” (si se estaba cerca del humedal) un chozo para cada matrimonio y sus rapazuelos…

El camastro se componía de una “saca” con hojas de maíz, ventallas de judías y paja, o simplemente se extendía una manta “borriquera”, sobre tallos de labiadas, “atochones” de esparto, ramas de ginesta y retamas.

Encendiendo la carbonera

Para la obtención del carbón, había que acondicionar el sitio donde se “montaría” la carbonera, que tenía que ser un espacio desprovisto de vegetación, despedregado y nivelado. Al espacio se le llamaba “Plaza” o “Era”. Su base era circular; quedando definida al hacer girar una cuerda o tomiza, alrededor de un “puntal” o palo hincado en la tierra… El tamaño del círculo dependía de la leña que se fuera a carbonear, oscilando entre los siete y diez metros de diámetro… La madera se amontonaba junto a la “Era”, acarreada a “las costillas”, en haces o a brazadas, cuando la leña estaba próxima y por medio de parihuela y animales de tiro y carga, si se encontraba más alejada…

En el centro de la “Era” se ensamblaba un fuste de encina o de otro árbol, de mucha más envergadura que el resto de los palos, en torno al cual, por “pisos” y capas, se colocaba la leña, en un orden determinado: las más gordas en el centro, cubriéndose todo el conjunto con un “manto” de chascas y retamas, recubiertas con revestimiento de tierra, para una adecuada combustión sin apenas oxígeno… El estrato de tierra se vigilaba al máximo, para que no se abrieran poros o “chimeneas”, evitando que la carbonera se convirtiera en ceniza…

Trabajando en una carbonera del Alto Guadiana

Carboneros en plena faena

Encendida la carbonera, ésta permanecía en ignición entre ocho y diez días, durante los cuales los carboneros sosegaban algo más, pero tenían que permanecer expectantes, “con un ojo abierto y otro cerrao como las liebres” -aforismo de carbonero- aportándole madera por donde ardía en exceso; taponando los “boquetes” rápidamente… Cuando el humo de la combustión aparecía azulado, comenzaba la labor de enfriamiento, que duraba, día y noche, un par de jornadas… A continuación se extraía el carbón, por capas, y si el acceso era fácil, se apilaba al lado de la carbonera. Si los carruajes no podían llegar al sitio, se transportaba en sacos, costales, espuertas y capachos al “Cargaero”, acondicionado cerca de caminos y otras vías de tráfico…

“La madera más aprovechable y mejor tasada era la de chaparro y las marañas gordas… De unos ocho o diez mil quilos de chaparro, se sacaban unas trescientas arrobas de carbón, que venían a ser unos tres mil quilos…”.

Nos documentan personas de varios pueblos, con los que hemos compartido evocaciones de aquellos tiempos… ¡Gracias! Y gracias también, por habernos enseñado que, todos los pueblos fabrican sus infiernos y sus glorias…

Carboneras del Alto Guadiana

Dado que el ritmo de crecimiento de la encina es bastante pausado, con los últimos carboneos de los años cuarenta, la superficie arbolada de la Cuenca del Alto Guadiana, alcanzó un grado máximo de esquilmamiento… Tal vez, “marañas clandestinas” del “ texto sin pausa o escritura secreta de la vida”, desviaron los hachazos del “hacha encantada”, (ver la del pequeño “Meñique”) y también “asesina”, sobre unos pocos ejemplares de encina, de los más altos y vigorosos, cuya nombradía se ha venido perpetuando en la retentiva del colectivo lugareño: “La Mata de las Palomas”; junto al margen izquierdo de la laguna “La Colgada”; cerca el “Aguaero de los Carboneros” y restos de carbonera a la derecha; “La Mata de la Encarnación”, en el coto “Cinco Navajos”; “El Chaparro de la Miererilla”, divisable desde Ruidera, al norte de la localidad; en la mojonera del “Coto de Ruidera” y “Los Llanillos del Cantón”; “La Mata de Doña Luisa”, en el “Coto de Ruidera”; “Las Carrascas del Miliciano”, arrancadas de cuajo para construir entre las lagunas “La Cueva Morenilla” y “La Coladilla”; “El Chaparro de la Fuente Pajares”, en la mojonera de las fincas “El Sotillo” y “Las Cruces”, utilizado como diana (así lo contaba mi padre) por la aviación de la improvisada base de Tomelloso, en los años de la guerra civil… Y alguna que otra encina más, no reseñada…

Herramientas usadas en las carboneras del Alto Guadiana

Herramientas de carbonero

Procesos progresivos como la industrialización y transformación socioeconómica, motivaron la extinción del gremio de aquellos antiguos carboneros; apareciendo con ello la des-extinción de encinares y demás Patrimonio Forestal… A principios de los años noventa las hectáreas de encinar en la provincia de Albacete, alcanzaban la cifra de setenta y siete mil. Sobre las ciento ochenta mil en la provincia de Ciudad real y en el total de la península, (excepto ciertas superficies sin inventariar) más de tres millones de hectáreas.

Hoy, en los sitios donde faenaron los antiguos carboneros, solo son distinguibles, rehoyas de chozos y estratos carbonizados, en lo que eran las “Eras” de aquellas inmemoriales carboneras… Localizadas más de cuatrocientas, en la Cuenca del Alto Guadiana.

Manchones de carboneras

En estos días que van durando, he pisado “Manchones” de carboneras… Nuestra mente traza recorridos por laderas y mogotes de los montes… Nos vemos, (hasta con lo inútil de nuestra prosa) junto a leñadores y carboneros; echándoles una mano en los resbalones, acarreando leña… También les ayudamos en los “traspiés” de sus desventuradas vidas, tal vez, nunca “registradas” en la infinitud cósmica…

Entre la tortura asfixiante que afogara hasta las piedras, del humo y flama de la carbonera, surge la figura de una virtuosa mujer (antaño mentada), esposa de un carbonero y madre de una criatura casi lactante… Es de efigie grácil y frágil, a pesar de ir envuelta en oscuros sayones y tapado parte de su rostro, de resignación y pena, con paño de abisal negrura… El viento brusco, a rachas gélido, voltea los ramajes y las ásperas hojarascas, chasqueándolas en los roquedales… Ella mira hacia el chozo, del que emana tufo a recocido o avinagrado, donde se entretiene su pequeña “Alma”. Y se santigua con sus manos agarrotadas y nudosas como grandes arañas… Con palabras que parecen suspiros, ruega por su pequeña… El esposo blasfema, como todos los días, a pesar de estar amarrada su psicología por ambigua religiosidad…, y sus toscas facciones nunca marcan sonrisa amable ni carcajada… Por las noches sueña con terrores inexplicables… La madre, que yendo y viniendo con brazadas de leña, no se toma punto de sosiego, se acerca al chozo y, con sus resecas manos acaricia a la niña, que juega con un puñado de lisas piedrecillas de río y con un monigote de trapo… La madre le ahuyenta unos insectos con un ramillete de romero y la distrae hablándole de princesas, de mundos muy lejanos, calzadas con zapatos de charol y vestidas de seda… Mientras le tararea: “romerito que naces sin ser sembrado, dame de tus virtudes siquiera un ramo…”, le señala en el cielo una procesión de aves… “Alma” sonríe…

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Tercera parte del estudio histórico titulado «Antiguos carboneros en los encinares de la cuenca del Alto Guadiana».


Imagen de portada.  Carboneros, Consejería de Agricultura, Ganadería, Pesca y Desarrollo Sostenible de la Junta de Andalucía.