Aquel viernes 26 de Julio de 1963 había mucho rebullicio de nubarrones, que parecían saltar de las cúspides de los cerros y echaban a volar contrayéndose en un paisaje inquieto con menos luz, como míticas figuras en eterna levitación… Y aunque con sus encantos, de pronto con huecos luminosos, abrasantes, de pronto las sombras de ciertos dañinos augurios, con líneas y curvas del horizonte que, flameadas, parecían bailar, enseguida empezaron runrunes de derrumbes celestiales y una abrumadora plétora explosiva de truenos y relámpagos, perturbaban y acobardaban el ánimo de personas y animales.

Algún vecino de los más dicharacheros y valentones ironizaba: “hoy tenemos música en el aire, desde aquí al “Cerro Conejo” y a la “Cabeza del Canto” y el royo de la iglesia, hasta la enclavación se llevará por delante…”. En intervalos socarrones, centelleos de pesadumbre y sobresalto, manos pasadas por las ventanas corriendo cortinas y mujeres desparramando sal en las puertas de las casas, delineando cruces, como misterio de una alta verdad, bautizándose con las primeras gotas de agua, clavando las miradas en el cielo, implorando a las divinidades, con las manos contraídas, en angustioso rezo, para que protegieran a “sus hombres” que segaban en los campos… En el interior de las casas; en las más obscuras rinconadas, el vecindario parecía tener consigo a dioses y santos.

In memoriam

La tormenta parecía que, “con malas entrañas”, lanzara dientes de acero, con interminables y aterradoras explosiones y relámpagos; como queriendo desgarrar el territorio…

Y se ensañó con entornos entre Ossa de Montiel y la aldea de Ruidera…

El río del cielo se volcó (así estos días de Semana Santa abrileña) desde el “Cerro Conejo” y “Cabeza del Canto” -como el lugareño había vaticinado- arrancado y arrastrando suelos; inundando la parte baja de Ruidera, arramblando las hortalizas de “Los Tajones”, a veces escenario de correrías del hambre de los chavales, mangando panizo, tomates habas, patatas, nueces y pepinos.

Amainó la tronada y el aguacero, abriéndose claros en los graderíos del cielo, pero los torbellinos de rayos no solo habían estremecido el ámbito, si no que, a las trece treinta horas, habían fulminado la vida de cinco jóvenes segadores del pueblo de Ossa de Montiel, al resguardarse debajo de una encina.

Conrado Pablo Marcial, de treinta y nueve años; Fermín Caravaca, de diez y nueve años; Juan Francisco Sánchez, de cincuenta y siete años; Valentín Chillerón, de veinte años y Florencio Reinosa, de diez y siete años, que formaban parte de una cuadrilla de segadores de trigo chamorro; en el labrantío conocido como “Haza de Madrid”, en la provincia de Albacete y término municipal de Ossa de Montiel, al saliente del cerro “Cabeza del Canto”.

Encina de los segadores de Ossa de Montiel

Encina de los segadores

Al llegar pronto a Ruidera el eco fúnebre del infausto suceso, y luego de un hondo silencio, en las calles de la aldea creció el bullicio de mujeres, el avispero de misivas, lamentos, hablillas, despellejaduras y parabienes… En el semblante de la gente las miradas de sobrecogimiento, tribulación y tristeza, salían a flote… El vecindario compartía lamentos, aspavientos y jaculatorias… Los familiares de los segadores fallecidos, hundidos en gran abismo; con aquella figura de la muerte, que juntó y cruzó las manos de sus seres queridos, tardaron tiempo en hallar consuelo… Perduró en el lugar que, cuando una tormenta “tomaba cuerpo”, se sentía un gran terror y desasosiego… Las vibraciones de los truenos y la relampagueante lividez de los rayos, eran como toques de muerte que hacían crujir dientes y huesos…


Una vez más, nuestro agradecimiento a don Rafael Mora, juez de Ossa de Montiel.