Molinos de agua en la Península Ibérica

Atrás las moletas-metate o piedras abarquilladas, más o menos rectangulares y morteros (en muchos casos horadados en placas rocosas) para la molturación del grano, más semillas y frutos, en tiempos prehistóricos y protohistóricos, los primeros molinos para la molturación de cereales, fueron accionados por animales y seres humanos.

El ser humano, en su singladura evolutiva y realización de su vida, observa, con cierta impaciencia, los ecosistemas circundantes con sus seres y cosas, para aplicar en ellos sus propias reglas, modificándolos para él con todas sus complejidades… El individuo humano se encandila con la maravilla del agua; con su impetuosidad y con su “escape” por los ríos… En los ríos, el hombre busca y planifica ubicaciones adecuadas para que, entre otras propiedades, aportes, perjuicios y beneficios de esa agua, la fuerza motriz que proporciona, (una vez encauzada y controlada) resulte útil para sus propósitos, incluidos significativos inventos como lo fueron en su día, los molinos fluviales, de “Agua” o hidráulicos. Los “Molinos de Agua”, aparecieron en los ríos como dispuestos y “calculados” por un estado espacio-temporal; como un modo realidad de la actividad y existencia humana y de la “arquitectura” del tiempo… El filósofo Julián Marías dijo: “El hombre hace todo para algo y por algo.”

De los molinos de viento, no se tienen referencias hasta el siglo XI. Hubo algunos molinos de “Marea” en zonas costeras del norte de la Península Ibérica que, dado su escaso rendimiento, no perduraron en el tiempo. Las fraudulencias y cambalaches, a que se prestaba la industria de la molienda, adquirieron tal envergadura, que pronto, aquellas explotaciones, quedarían sujetas a estrictas reglamentaciones… Siete de las ocho leyes, del libro IV, del Fuero Viejo de Castilla contienen en el título 6º, precisa legislación al respecto. En Fueros Reales; en Las Partidas (Enciclopedia de la Cultura Española), se hace alusión a los “Molinos de Agua”, prohibiéndose su ubicación en los márgenes de ríos navegables, para no dificultar la navegación de las embarcaciones. Los molinos de aceite, también estaban sujetos a normativas que controlaban la actividad de la molienda en las aceñas harineras.

Respecto a los molinos de nueva construcción, se estipulaba que: “aquel cuya rueda ya hubiera dado más de tres vueltas, ya no podía ser obligado a parar…”. Había títulos de Fueros, que conminaban a los molineros a disponer de pesos, “para pesar zurrones de quienes llevasen granos a moler…”. Sucesivas normativas irían regulando con intransigencia, el funcionamiento de los molinos, siendo sancionados y castigados con dureza el desprecintado de piedras para moler de incógnito y el abuso en el cobro de la maquila… Trigo, maíz, cebada y centeno, (en los inicios las bellotas, las simientes de lino y de mijo) eran los frutos más comunes acarreados a los molinos para obtener harina, salvado y moyuelo. En muchos poblamientos de la Península, había molinos “comunes”, utilizados por los vecinos para moler sus cereales, marcando turnos de manera equitativa; estando obligados también a correr con los gastos que conllevaba la reparación de la maquinaria y el mantenimiento del conjunto de la construcción de la aceña.

Molino hidraúlico

Molino hidraúlico (1)

En la Ley de Aguas de 1879, hay referencias a los “Molinos de Agua”, en las que se determinaba que, eran los Gobernadores Civiles a los que correspondía otorgar licencia, cuando se tratara de cursos fluviales flotables y navegables. Los emblemáticos “Molinos de Viento” de tierras manchegas, contra los que, lanza enristre, arremetiera Don Quijote, poco a poco, fueron ralentizando el fantástico voltear de sus aspas, y como estáticos gigantes que, con sus brazos hacían mover los mecanismos que transformaban en harina los trigales de la planicie manchega, hoy, algunos, se mantienen restaurados, cual efigies fabulosas, “gimiendo”, moliendo cultura, como un cuadro que se siente más que se ve, obedeciendo a motivos históricos, didácticos, artísticos y turísticos.

Cuantísimas inestimables vidas y valiosos datos, se han trasmutado y destruido en estos parajes, (tal vez, equivocadamente emplazados por la naturaleza) con el trascurrir de la historia (no entramos en pormenores) y muchos en los días de mi infancia… Parece que todo aquello hubiera resbalado (en soledad), precipitándose por horrendas y ocultas bocas de abismos, a los que nadie les ha puesto puertas; mientras los poderosos tiempo y “viento”, van trasformando charcales, vida, antiguos poblados (donde, de crío, no me resistía, algunas veces, a escarbar con un palote) cerros y valles que patee desde chico… ¡Intruso y torpe de mí!

Desde muy tempranamente, sentía cernerse sobre mí ciertos “emisarios” del paraje, “testamentos” y “contraseñas” del pasado… De muchacho, por circunstancias que no ha lugar delinear, solía acompañar a mi padre por montes y vegas, donde era fácil toparse con vestigios de toscas arquitecturas, incluidas construcciones de batanes y molinos, a los que nadie les imbricaba concordante cronología; como ocurría con los restos que reseñamos, pertenecientes a una de las más arcaicas, escabullida e interesante aceña de la cuenca del Alto Guadiana, radicada entre las lagunas “La Colgada” y “Del Rey”.

“Molinos de Agua” o Harineros y batanes, instalados en el valle fluvial desde principios de la Baja Edad Media, en general, eran propiedad de jerarcas de las Órdenes Religioso Militares, de “clientela” regia, de las propias Órdenes, de Conventos y en contados casos de prestigiosos particulares o influyentes.

La explotación de aquellos primarios mecanismos industriales, por norma general, solía estar cedida, mediante usurarios arrendamientos, a familias con virtudes de fe, que moraban en cochambrosos habitáculos inmediatos al Obrador… La construcción de aquellas instalaciones, junto a los saltos de agua, controlando y encauzando caudales, excavando complicados azudes y montando armaduras, solo estaba al alcance de las dichas instituciones y de particulares, que disponían de créditos o de un sólido potencial económico…

A la vera de la Casa del Cerro

Por el camino del margen fluvial izquierdo, (en otros tiempos denominado Ruta de Berones) que rodea el Alto Guadiana y cerros, se colinda, a la izquierda, con la “obscura” y derruida “Casa del Cerro”, (de cuyos restos aún emana hermetismo y misterio) antiguo aposento de la “rara” familia de “Las Lázaras”, cuando el padre, en siglo XIX, actuaba de guarda del predio “El Cotillo”. “Las Lázaras” eran dos montaraces hermanas: Tomasa y Dominga, que pasaron la flor de sus vidas apacentando “hatos” de cabras y ovejas en los cerros y floresta aledaños a la laguna “Del Rey” y “La Colgada” y finalizada la contienda civil española fueron inculpadas como presuntas homicidas, del médico don Vicente (“Renene”(?), que en los primeros meses de la posguerra, procedente de Madrid, acudió a estos parajes para atender a un integrante de la Partida de Los Chuchas=(Maquis manchego), que se encontraba malherido y apostado por los montes de “Las Hazadillas” y “El Madero”.

El galeno fue hallado cadáver entre la vegetación lacustre de la laguna “Del Rey”, cerca de la “Casa del Cerro”, por los pescadores de extranjis de barco y trasmallo, Valentín Molina y José María, alias “Chinas”

Ruinas de la Casa del Cerro

Ruinas de la Casa del Cerro

Según correveidiles, por lo bajines: “los que quitaron al médico de en medio tenían más carlancas y tejemanejes que Las Lázaras, pero con apresarlas a ellas taparon el expediente; pero bueno, ¡cualquiera sabe!”

Las dos pastoras “se fueron solteras, aunque La Dominga tuvo cierto novieteo con Fulgencio”, un nativo ruidereño. Todo apunta a que Dominga, como la desamorada Marcela de nuestro D. Quijote, despachaba pronto a los zagales de carácter inconcreto, aunque entre los entontinados pretendientes, no se tienen noticias de que hubiera ningún semejante a Crisóstomo…

El molino del río de Las Paranzas

A la derecha de la trocha, precedentemente mentada, hay un “fluviosomeral” que separa las mentadas lagunas, de tipo cenagoso (por el escaso índice de gradiente) y no de estructura travertínica, como ocurre en otros tramos del río, donde el batir de la masa de agua, e intercambios con los elementos del medio, forjaron espléndidos geomonumentos de carbonato cálcico.

En el fangal, en mis días de muchachuelo, familias de Ruidera, con impresiones de desconsuelo y tristeza en sus rostros, bajo la brasa del sol alto, cultivaron hortalizas, con las cuales paliaron parte de las muchas carencias que entonces padecía el vecindario…

Los sembrados del fértil cenagal, quedaban resguardados de desbordamientos fluviales, por una desusada e inexplicable muralla, a veces nombrada como: “La Pedriza del Molino del río de Las Paranzas”; la cual, bordeando la laguna “La Colgada”, enlazaba las dos márgenes lagunares, represando el agua y encauzándola con aberturas de reducidos canales hacia la construcción del hipotético molino…

El paredón curvilíneo de cal y canto, con irregulares hiladas de piedras “majaneras”, de un metro cincuenta de ancho y unos dos metros de altura, presentando en su cara exterior mampostería a modo de contrafuerte, con una inclinación de un treinta por cien.

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Primera parte del estudio histórico titulado «Molinos… el molino del Bachiller Muñoz en el Alto Guadiana y recuerdos de la niñez».


Imagen de portada. JIMÉNEZ, S. Ubicación del molino del Bachiller Muñoz en los años 80 del siglo XX. En primer plano el muro del represamiento entre la laguna del Rey y la Colgada.
(1) JIMÉNEZ, S. Dibujo de un antiguo molino hidraúlico.