El escritor chileno Augusto Goeminne, premio nacional de literatura de su país, pernoctó en la «Posá de la Hermana Iluminada» de Ruidera, allá por el año 1927.
De cuando en cuando, por la llamada manchega y cuenca Altoguadianera, antaño, sobre trotones y pollinos, solían verse figuras de ensayistas andariegos y personajes forasteros rastreando las trochas de don Quijote y de su escudero; deseando hallar vestigio de melancólicas y arcanas dimensiones y numen afable y beneficioso, a la vera de caminos, sendas, veredas y cavernas cargadas y jalonadas de leyendas…, de laberintos encantados en riberas fluviales y estantiguas en tierras llanas, llenas de quemazones y silencios…
Unos cabalgaban “desequilibrados” por ramalazos de ingenio, (creyéndose Caballeros Andantes, con su escudero) otros venían e iban estragados con la prisa y “calambres” de apañadores ambulantes, para ganar reconocimiento y tratamiento que, como suele suceder, (caso de ser) no será hasta que no sean difuntos… Como capturados por dimensiones de hechizos, (no les ocurría a todos) al avistar ciertos entornos, se disputaron con el plumón, la armonía, magnetismo y conjuros de ciertos lugares y canciones de júbilo de la Naturaleza… Al avistar la ribera Altoguadianera, como capturados por una extraño “portal” de hechizos, con imaginación y pluma, manifestaron con empeño y fascinación, “encantamientos” del entorno… Porque un paisaje es excelso (no se comprende tanto descaro), en cuanto que se extasían y enredan en él y con él vista e intelecto…
Así, varios de aquellos “peregrinos” quedaron embrujados por secretas melodías, gravadas en el paraje, por los indicadores y organizadores universales, de todas las dimensiones y tiempos… Pero realidades vividas por algunos andarines quijoteriles, al “parar”, hospedarse en la aldea de Ruidera y toparse con ciertos lugareños—“ribereños”, incluidos venteros, aquéllos les dieron pie (tras “auscultar” su talante y talento) para no dejarnos muy bien parados…: “Anochecido también entramos en el villorrio de las lagunas, donde una tía de “Cavilote”, (Gabriel Aparicio, guía-carrero de Argamasilla de Alba, familia de mi abuela María Santos) prevenida por teléfono desde la Central Eléctrica, había de darnos alojamiento.

Se trataba de la “Posada de la Hermana Iluminada”, ubicada en la actual calle Avda. de Castilla-La Mancha, nº 15, marcada con círculo amarillo, en la siguiente foto, propiedad del autor de este artículo.
(…) Ruidera no tiene otro alumbrado público que los fuegos de sus vecinos, diseminados en altibajos intransitables… (…) En derredor de una mesa, casi taburete, comían en un solo plato una copiosa ensalada de cohombros y tomates, una mujerona, un hombretón y un arrapiezo, piojoso, rodeado de perros, gatos, conejos, chivatillos y aves domésticas. Desde una cimbelera en la pared, una urraca nos saludó con un: a la par de Dios… (…)… Y en efecto, hubimos de comprobar luego que aquella Teresa Panza de nuevo cuño, por verdadero nombre Iluminada, tenía más gramática y ensartaba a tuertas y a derechas no menos adagios, sentencias y proverbios que Sancho… (…)…, la merienda para el camino, la cual se redujo a un huevo y no por cabeza, y Dios me castigue si levanto ningún falso testimonio, porque aunque parezca inverosímil, juro sobre la liendrera de la propia Doña Iluminada, que a pesar de pagarlo a precio de oro, no nos quiso dar sino un huevo para cinco… (…), con un par de sus desconocidos refranes, y no sé si dijo irónicamente que el buen pagador de lo ajeno es señor, o que más vale huevo con amor, que gallina con dolor… (…). Aquí yace Doña Iluminada, en tránsito, de la roñería y la roña a la carroña… (…)”. (El chileno Augusto Goeminne Jorge Thomson. La Mancha de Don Quijote).
Como vemos, hay cierto retoricismo, excesos y mucho cuento en lo que algunos autores, “peregrinos”, escribieron y describieron en su caminar rastreando las trochas de Don Quijote y de su Escudero. Ciertos rastreadores, en su “olfatear” por estos emplazamientos, recovecos y lares, enfocaron la índole del indígena desde sus acomodados y eruditos oteros, al igual que los latifundistas absentistas y “estadistas”, tildando al lugareño, (reconocemos que en muchos casos con acierto) de zopencos, engañosos, mugrosos, ramplones, tiñosos…
Pero se les “coló” el sufrimiento de las gentes que sobrevivían acorraladas y constreñidos sus hogares chaboleros por estructuras absolutistas, (también despóticas y prepotentes con el débil, las democráticas de ahora) que los esclavizaban y reprimían. Lo que definía y caracterizaba a aquellas humildes familias, a las que casi todo se lo había negado la vida, trágicamente menesterosas, con su roña y carroña, era su hambrear para subsistir…: “Se penaba hasta lo indecible…; pero los había tunos y chaqueteros como ahora, que se cambiaban de chaqueta a cada dos por tres, por llenar el morral; porque duelos con pan son menos…, —nos recalca un hombre mayor, prudente, perspicaz, algo quebradizo de salud, abatido y decepcionado por los “embrollos” de la vida— y lo poco que se podía agenciar; que podíamos rebañar, en las veredas y en las lagunas, cuando nos pillaban, nos lo decomisaban o nos lo quitaban sin más, pero ahora, con tanto auto, guarda oficial y democracia de tanta “guáchara”, el pobre tampoco puede coger ni un romero aunque esté seco…
El dinero y el poder, todo lo manipulan y pueden…; no darán dignidad a las personas, pero manejan a los pueblos, a las instituciones, a la justicia… (…)”.
Los lugareños más fiables y virtuosos, sobrevivían noche y día interpelando a su propio ser…, llenando el vacío de la existencia con la esperanza… Notando su vivir, a cada instante, como algo equivocado, con desapego hasta de sí mismos, por la inevitabilidad de su escrupulosa honestidad. Malolientes para los opulentos y hasta para los representantes de los dioses que, en la “casa sagrada” los sentaban aparte, y a través de la distancia y la “trampilla”, les imponían penitencias, ayunos, rezos y rogativas, por “coger”, para sobrevivir, lo que les brindaba la Naturaleza. Y ellos, sintiéndose culpables, oraban en sus hogares-tabuco, rodilla en tierra, acariciando imágines y rosarios de almez, encina o retama, con sus agrietadas manos. A obscuras, ante la llama de un candil o vela, “pecaban” con imposibles pensamientos de placer, de bienestar, libertad… E invocaban a un dios justo, infinitamente indulgente, para no odiar a quienes les humillaban y oprimían…
