El esparto es una herbácea de la familia de las gramíneas, perteneciente a la especie botánica Stipa o maerochloae tenacíssima, de la “tribu” (valga la acepción) de las agrostideas.

El esparto en España

Aunque no hay duda de que la atocha de esparto, hoja filiforme y resistente de esta planta esteparia, ya eran conocidas y utilizadas desde tiempos prehistóricos, para elaborar elementales apatuscos, las referencias escritas más antiguas, se encuentran en uno de los diez y siete libros del geógrafo e historiador griego Estrabón, en su Geographika, dedicado a Iberia allá por el año 29 a. d. C., donde detalla: “… De las tierras del interior unas son buenas; otras no producen sino esparto, el junco palustre (incluía el albardín) de menor utilidad, por lo que a esta llanura (ahí La Mancha) se la llama corrientemente “Ioukarión Pedión (1)”. Antiguo Campo Espartario… La Mancha árabe… “…tierra salobre y triste, lisa y monda, sin accidentes ni contornos…”.

La mata del esparto o atocha, es muy resistente a los rigores ambientales, resistiendo en territorios secos y áridos; desarrollándose profusamente en suelos compuestos por margas rojas, amarillentas o ferruginosas. Cuando el esparto está verde, suele estar abierto, principalmente en primavera, pero al madurar, secarse o “solearse”, una vez arrancado, se cierra y encorva parcialmente.

Trabajadores del negocio el esparto en el Alto Guadiana

Esparteros del Alto Guadiana

En la década de los años cincuenta, el esparto en la Península Ibérica (incluidas plantaciones innaturales), ocupaba una extensión aproximada de setecientas mil hectáreas (2), de las que se obtenía una producción de unos sesenta millones de kilos, por valor de más de setenta millones de pesetas, ya que había territorios donde el recurso y las actividades derivadas del mismo, no estaban seriadas… Respecto a la superficie ocupada por el esparto, faena, economía y utilización tradicional, antes de los años cincuenta y en esa época, en el contexto territorial de Ruidera y cuenca del Alto Guadiana, no tenemos constancia de tratado alguno; todo son datos verbales.

Por una escueta referencia escrita (3), sabemos que en La Mancha, en tiempos del reinado de Carlos III, se estableció un tal Fernando de Ibarra Padilla, personaje influyente, obteniendo del monarca todos los requisitos necesarios para conseguir el monopolio y “organización industrial de los trabajos de esparto”.

Basándonos en crónicas de boca a oído, de esparteros y esparteras (4), el territorio que aquellas personas podían abarcar, “cogiendo” esparto, era de unas quince mil hectáreas. En diferentes zonas de aquella extensión, partiendo al alba y retornando a la anochecida, solían recolectar, diariamente, (también “con la luna”), de extranjis o furtivamente, (al igual que la caza y la pesca, únicos recursos con los que el vecindario mal sobrevivía) entre uno y dos haces de diez “Mañas”, de kilo y medio a dos kilos cada manojo.

Considerando el tiempo invertido en la ida hasta “el corte” y la vuelta al hogar, aquellos esparteros solían recorrer distancias, “a pie de abarca”, de unos veinte kilómetros, transportando los haces a la espalda, sangrando por los hombros, por las sendas y trochas más inaccesibles, para no ser aprehendidos por guardas de cotos y guardias que, cuando los “cogían”, hacían con ellos auténticas atrocidades. Singladuras y arranque de esparto, sin más suministro que unas gachas de guijas en la tripa, cocidas e ingeridas de madrugada antes de la partida hacia los espartizales… En ciertas estaciones del año, algo más se nutrían cuando encontraban leguminosas como fríjoles (Phaseolus). Pensando en tantos olvidos y en aquel vivir sin saber cómo, a flor de corazón nacía aquella plañidera tonada: “espartera, espartera, que sola en el monte te ves, todo el día cogiendo esparto, sin pan en la talega, ni agua para beber”.

El negocio del esparto en el Alto Guadiana

El negocio del esparto en la comarca, se reducía a su venta a compradores de pueblos comarcanos, una vez “secado” o “cocido”. Y también a la elaboración de tomiza: trenza de tres ramales. El “cocido” tenía lugar en verano u otoño en “Las Pozas”: balsas excavadas en la margen norte de la laguna “Del Rey”, a escasos metros de la Compuerta Real. Con su cocción se eliminaban de las fibras determinadas sustancias céreas y nitrogenadas presentes en la hoja.

El objetivo del exhaustivo cocimiento, se hacía para que la parte leñosa se desprendiera o ablandara, volviendo más suave la fibra de la hoja, que contiene un cuarenta-cincuenta por cien de celulosa, terminada en punta, horriblemente punzante, con una longitud de más o menos dos milímetros y un grosor de once a catorce centésimas de milímetro.

El lugareño, machacaba el esparto cocido cuando preparaba o restauraba asientos de sillas (generalmente eran de enea) serijos y para el trenzado de sogas, así el manejo del cordaje aquél, con el que casi toda gavilla o embalaje se ataba y amarraba, era menos áspero que las sirgas de esparto crudo. El machacado consistía en percusionar o golpear  el manojo con una maza de encina, sobre una banqueta – bolo, también de la misma madera o bien de enebro u olmo. De allí, aquella maliciosilla e irónica romanza, canturreada en poblaciones y villorrios de La Mancha:

“En Ruidera no hay reloj, ayuntamiento ni plaza, los ha castigado Dios con el esparto y la maza”

Tomizas de atar la mies (5)

Como apuntábamos anteriormente, el esparto ha sido una materia prima utilizada, por el ser humano,  desde muy antiguo, pero al tratarse de un material perecedero, escasas evidencias han resistido hasta nuestros días… En la Cueva de los Murciélagos, de tierras andaluzas, se hallaron restos humanos del 2500 a. de C., enjaezados con vestidos de esparto, alpargatas y bolsones. Y  en el 207, a. de C., Livio relata la requisa de grandes cantidades de esparto a los Cartagineses, en la costa de Levante, (Loguntica) donde Asdrúbal, lo tenía reservado…

Esparteros y tomiceras

Cuando en 1843, la empresa Señores del Llano y Compañía, arrendataria de los tronados Molinos de la Pólvora del Real Sitio de Ruidera, colaborara, con los escasos avecindados del  paraje, en la construcción del primer cementerio que se recuerda en el lugar, radicado junto a la desembocadura de la laguna “Del Rey”, los ciento cincuenta y un pobladores se albergaban en obscuros fóculos o casucas de carrizo; inmigrantes la mayoría de ellos, originarios de diferentes poblaciones manchegas;  entre ellos algunos de de procedencia extra peninsular, huidos de las leyes y de la justicia, entonces imperantes. Todos ellos, tenían basada su economía (como ya apuntamos) en el esparto, la caza, la pesca, la leña y en otros recursos brindados por la naturaleza;  de sirvientes con propietarios absentistas, de las villas de Alhambra, Argamasilla de Alba, La Ossa, Villanueva de los Infantes y aprovechando la época de la siega, la vendimia y la recolección de aceituna en pueblos comarcanos. En el año 1895, censados en el Real Sitio, como vecinos empadronados en Argamasilla de Alba, Término Municipal al que pertenecía, había cincuenta y seis vecinos, la mayoría esparteros, cazadores, leñadores, carboneros, caleros, yeseros, mujeres tomiceras, jornaleros, y a la vez fámulos o domésticos, de terratenientes y de labradores de “media costilla”.

Hacia el año 1920, en el lugarejo había esparteros-cazadores y tomiceras de renombre: el “Hermano Sota” y la “Hermana Clara”; el “Hermano Antón” y su esposa la “Hermana Joaquinilla”. El tal “Antón”, un día, con no muy buen cuerpo para echarse al monte, engañosamente le dijo a la esposa: “Joaquinilla, hoy a tres me cuelgo” y de seguido  pergeñó este chusco verso: “Se creía la Joaquinilla que eran conejos del campo o haces de esparto y eran cuartillos de vino, que vendían a treinta cuartos”. Las tomiceras más célebres eran: Clara, Joaquinilla, Juana-Pedro, Arcadia, Vicenta, Ignacia, Modesta, Amparete, Cruz, Angelica, Tiburcia, Micaela, Robustiana, Juana la Cabrera, Angelica de Gabino y otras muchas más…

Cualquiera de ellas, solía tejer al día, incluida la “trasnochada”, hasta un haz de madejas. Cada madeja tenía veinte vueltas de un metro, aproximadamente, cada “arco” o vuelta, de los pies a las rodillas. Los haces y por madejas sueltas las vendían, a cuatro pesetas el haz, a tenderos y panaderos de Ruidera y a compradores forasteros para atar mies, sarmientos etcétera. A la par en el tiempo, el “Hermano Eladio” forjaba vistosas esteras de pleita, similares a las alfombras, por las que cobraba diez o quince pesetas. El “Hermano Soga”, arreglaba asientos de sillas y taburetes, de esparto o enea a cuatro y tres pesetas, y encordaba, espléndidamente, baleos de esparto machacado, por seis pesetas. El “Hermano Cojo el Pregonero”, componía suaves baleos, serijos de pleita y crizneja, a cuatro pesetas.

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Primera parte del estudio histórico titulado «La cuenca del Alto Guadiana tierra de esparto» realizado por Salvador Jiménez.


Imagen de Portada. JIMÉNEZ, S. Mujeres tomiceras tejiendo tomiza. Cavilaciones en Ruidera. 2007.
(1) ESTRABÓN, Geographika.
(2) El Esparto y su Economía, 1950.
(3) Enciclopedia de la Cultura Española, 1963.
(4) Recuerdos de Matías Ramírez y su esposa Ángela.
(5) JIMÉNEZ, S. Tomizas de atar la mies, hoz y botijo. Cavilaciones en Ruidera. 2007.