Si hay otro detalle que no podemos olvidar cuando hablamos de Villacentenos es su relación estrecha con el río Guadiana. Un río que, como de todos es conocido, nace en las Lagunas de Ruidera y que a lo largo de su recorrido se esconde en inmensas simas.

Una de ellas, quizá la mayor, se encuentra en Villacentenos, como si el río quisiera no enseñar sus virtudes en este lugar, donde se oculta para aparecer posteriormente en los llamados Ojos del Guadiana (entre Daimiel y Villarrubia). En algunas ocasiones, si las condiciones climáticas así los permitían, el agua afloraba a la superficie en el término de Villacentenos en la llamada Poza Vinagre.

Primeros intentos de canalización

Para ayudar a las localidades por donde transcurre el Guadiana, y que debido a sus continuas ocultaciones y en meses de extremado calor no se puede acceder al agua para su uso…

…desde el siglo XIV, siendo Prior Don Fernando Rodríguez, se empezó a tener la idea de la construcción de un gran canal que trajera las aguas encauzadas del río.

Villacentenos y el Guadiana

Sillares labrados

Se hicieron las primeras actuaciones aunque fueron muy puntuales y en lugares muy concretos.

En el inicio del siglo XVII se retoma esa idea y se acuerda encauzar el río Guadiana. Las obras no se realizaron con la premura con que la orden del Prior lo solicitaba. A la caja natural del río Guadiana se le fue haciendo un drenaje canalizándolo poco a poco. Pero entonces, igual que ahora, se aplicaban prioridades en las obras e inversiones de los pueblos que hicieron que las obras del canal se vieran retrasadas muchas veces.

Hacia 1620, las obras de canalización se hicieron completamente en los términos de Argamasilla de Alba y se dejaron preparadas determinadas instalaciones a las puertas de otros lugares como Villacentenos.

El Canal de Gran Priorato de San Juan

De nuevo, en el siglo XVIII se retoma la idea; y el Infante Don Gabriel (hijo de Carlos III), se propuso construir a sus expensas el Gran Canal del Priorato de San Juan, haciendo los estudios correspondientes Don Juan de Villanueva. Tenían que partir desde la Laguna de Miravetes (hoy conocida como la “Laguna Cenagosa”, una de las que componen las conocidísimas Lagunas de Ruidera), derivando su curso por la vega, término de Argamasilla, Alameda de Cervera, Alcázar, Villacentenos, Herencia, Villarta y Arenas hasta los límites del Priorato. El mismo Villanueva hizo las Ordenanzas por las que se había de regir, siendo aprobadas por Carlos III en 1783.

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Restos del canal

Al mismo tiempo que se realizaban las obras de construcción del Gran Canal se hacía un nuevo intento de repoblar Villacentenos “para que de este modo los buenos efectos del riego fuesen más generales”. Un nuevo intento de repoblación de este lugar que, como veremos, también fracasó.

Las manifestaciones entusiastas del momento vaticinaban una prosperidad gracias a esta obra que convertiría en frondosas vegas las áridas llanuras de esta comarca manchega. Pero todo quedó en soñadas ilusiones y doradas esperanzas. El agua no ha vuelto a correr por el cauce a tanta costa construido, y éste se desmorona y desaparece a los certeros golpes del abandono.

Por si fuera poco, en 1841 llegó la desamortización de Mendizábal y el canal fue secuestrado a la Orden de San Juan.

Hoy a las puertas de Villacentenos quedan los restos de esta canalización. Un puente y unas piedras por las que pretendía correr unas aguas limpias y transparentes y que hoy se ha convertido en un indiscriminado vertedero.

Los batanes del Guadiana

También, en el lugar de Villacentenos y en el cercano lugar de Peñarroya (hoy pantano) se construyeron sendos batanes. Eran unas máquina de madera cuyo funcionamiento se hacía gracias a la energía hidráulica por eso había que situarlos cerca de los ríos.

Funcionaban con la fuerza de unos mazos o porros que servían para producir el golpeteo de las telas. Se realizaba un tratamiento de la lana u otros tejidos cuando salían del telar con el fin de desengrasarlos y apelmazar el pelo hasta conseguir la textura deseada.

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Maquinaria de un batán

Se colocaban en el interior del recipiente bien doblados en zigzag, en una cantidad determinada de metros (varas se decía) y allí se remojaban durante todo el tiempo que duraba el golpeteo o abatanado. A lo largo de la operación se hacían algunas paradas para cambiar de posición los paños y para que el desarrollo resultase uniforme. Los canales de agua hacían mover los mazos.

Uno de estos dos batanes, posiblemente fuera el protagonista de la espeluznante y a la vez ridícula aventura nocturna de Sancho y Quijote que acaba con la promesa de no contar a nadie el caballeroso fracaso de querer vencer al mal confundiendo el ruido de los batanes abandonados con las fuerzas del diablo (Capítulo XX).

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Tercera parte del estudio histórico titulado «Breve historia de Villacentenos»

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