Todavía absortos por la belleza pétrea de las cuevas de Maturras, seguimos caminando por el valle del Alto Guadiana, en busca de los morteros del Perchuelo.

Después de una larga caminata, escondida entre la vegetación primaveral, aparece ante nosotros un enorme banco calizo de unos 9 metros cuadrados de superficie.

A primera vista observamos diversos agujeros, rellenos en mayor o menor medida de tierra y musgo, que nos recuerdan a los morteros de Maturras visitados anteriormente.

Morteros del Perchuelo. Ruidera treasures

Limpiamos la piedra y nos quedamos atónitos viendo como las 10 cavidades cónicas que descubrimos se han multiplicado por tres, llegando a sumar unos 30 agujeros en la misma estructura pétrea.

Los morteros del Perchuelo

Se trata de agujeros de forma redondeada esculpidos en la roca caliza con una perfección asombrosa, máxime teniendo en cuenta las técnicas y herramientas que pudieron utilizar sus artesanos. Con una profundidad de 25 a 35 centímetros y un diámetro de unos 20 centímetros llevan siglos desafiando al paso del tiempo y al olvido de la historia.

Morteros del Perchuelo. Ruidera treasures

Es fácil imaginar a varios mortereros trabajando encima de la piedra, cada uno con un mazo de madera que, ajustado al diámetro del mortero, golpeaba rítmicamente la molienda contra la piedra.

Morteros del Perchuelo. Ruidera treasures

Aunque mucho se ha escrito sobre las grandes industrias bataneras que jalonaron estas tierras, las riberas del Alto Guadiana estuvieron durante siglos salpicadas de pequeñas industrias para el batanado de las lanas y la molienda de todo tipo de sustancias.

Bien fuera por no delatar su actividad a señores feudales u órdenes militares de la época, o por ser fuente de suministros al furtiveo u otras actividades más o menos al margen del orden establecido, no se puede negar la existencia de numerosos negocios bataneros a pequeña escala que proveían a la población circundante de toda clase de productos y alimentos triturados.

Morteros del Perchuelo. Ruidera treasures